Dentro de los desafíos
importantes que enfrenta nuestro país está
el de aumentar la competitividad de la economía
nacional respondiendo también a las mayores
exigencias que enfrentaremos como consecuencia
de las restricciones crecientes que habrán
a las emisiones de CO2 y otros GEI (los Gases
Efecto Invernadero son CO2, CH4, N2O, PFC, HFC,
SF6).
Más allá de la eficiencia energética,
que si puede ser una contribución importante
a la matriz energética, se da que en un
país como Chile el crecimiento económico
va asociado a una mayor demanda de energía.
Sin embargo, si continuamos con la trayectoria
proyectada de desarrollo del parque generador,
que es intensiva, en el uso de combustibles fósiles
(en la actualidad hay cerca de 9.700 MW de centrales
a carbón que están en estudio o
ya han sido aprobados en el SEIA), nos enfrentaremos
a una situación donde nuestras emisiones
de CO2 y de otros GEI se traducirá en un
aumento significativo de las emisiones del país.
Las proyecciones son que por la actual trayectoria
de crecimiento del sector eléctrico, la
intensidad de emisiones de CO2 equivalentes por
MWh generado (tCO2e/MWh) aumentará desde
las 0,28 tCO2e/MWh actuales a 0,47 tCO2e/MWh el
año 2030.
Esto, si bien nos puede llevar a un desarrollo
competitivo en términos de los costos directos
de generación eléctrica, podría
transformarse en una situación indeseada
respecto de la competitividad de nuestros productos
cuando son medidos según su huella de carbono.
En este sentido, es necesario diversificar la
matriz energética considerando una fórmula
que nos permita contar con energía que
sea asequible, segura, competitiva, y amigable
con el medio ambiente, habida consideración
de que la demanda de energía debe duplicarse
en la próxima década. Necesitamos
energía que no ponga en riesgo nuestros
productos, ya sea porque los costos de la energía
son poco competitivos o porque la huella de carbono
los va a clasificar como productos de bajo valor
agregado.
Para poder dar cabida a ambos objetivos, Chile
debe explorar todas las alternativas disponibles,
y en particular aprovechar los abundantes recursos
hidroeléctricos que se pueden desarrollar
en el país, pero también apostar
por el desarrollo de otras fuentes energéticas
como las ERNC (geotermia, eólica, solar,
minihidro, biomasa, y mareomotriz o de los océanos),
atendiendo a que Chile cuenta con una de las condiciones
más apropiadas para su desarrollo. La incorporación
de estas tecnologías en nuestra matriz
energética será esencial para lograr
un equilibrio entre eficiencia, competitividad
y cuidado por el medio ambiente, conteniendo las
emisiones de CO2 y otros GEI en niveles aceptables
de acuerdo con las mayores exigencias locales
e internacionales.
El futuro será un mundo con restricciones
a las emisiones de CO2 y ello se materializará
cuando se establezca un acuerdo vinculante que
reemplace al Protocolo de Kyoto, acuerdo que se
empezará a discutir en los primeros días
de este mes en Copenhague.
En este contexto, y de acuerdo con la estrategia
delineada por la Agencia Internacional de la Energía
(AIE) para los países de la OCDE, estas
naciones debiesen contar con mecanismos de Intercambio
de Cuotas (Cap and Trade) para las emisiones de
GEI provenientes del sector eléctrico.
De ser así, se da que con valores en los
rangos inferiores por tonelada de CO2, la generación
térmica pierda competitividad frente a
otras alternativas energéticas con menores
niveles de emisiones de GEI. Con ello, el desarrollo
potencial de las ERNC y de otras fuentes energéticas
bajas en emisiones de GEI en la matriz eléctrica
chilena resultan más competitivas.
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